El día que el diablo regresó

Bajo un intenso sol y ante un marco impresionante, envuelto en una niebla escarlata de humo denso, el balón echó a rodar a las 3:15 p.m. La esperanza latía con fuerza, pero la defensa del rival impedía cada intento. Al minuto 14, el suspenso se apoderó del lugar: Bryan Angulo sacó un remate de zurda y, cuando los fanáticos tenían el grito en la garganta, el pie del defensor quindiano lo ahogó en el último suspiro.

No era una tarde apta para cardíacos, y los corazones rojos retumbaron de nuevo cuando Jeison Lucumí fue derribado dentro del área y el juez decretó penal a favor del equipo escarlata. Mientras todos los hinchas celebraban en la tribuna, a la vez los carcomía el temor de fallar. El miedo de que un penal volviera a dictar su sentencia estaba latente, como lo había hecho cinco años atrás, cuando, desde los once pasos y en el mismo escenario, el equipo había descendido ante Patriotas Boyacá.

Sin embargo, ese temor no llegó a la cancha: Cristian Martínez Borja tomó el balón, miró al arquero, suspiró, tomó impulso y lo envió al palo derecho, mientras el guardameta se lanzaba hacia la izquierda. América volvió a tomar la ventaja y el alma regresó al cuerpo de los hinchas americanos, muchos de los cuales sufrían más por lo que pasaba en la cancha que por el intenso calor que se vivía en el Pascual Guerrero.

La pasión no desciende

«Hay cosas que uno lleva en la sangre y nunca se van»

– Miguel Angel Lozano.

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