En el año 2016, América de Cali completaba cinco años en la segunda división del fútbol colombiano. Los hinchas estaban descontentos con el equipo y con una dirigencia que recién iniciaba su mandato; el ascenso cada vez se veía más lejos. Sin embargo, una llama de ilusión se encendió con la llegada del director técnico Hernán Torres, quien ensambló un bloque donde la sabiduría de la experiencia y el ímpetu de la juventud comenzaron a caminar de la mano.
Aquella tarde del 27 de noviembre, el Pascual Guerrero no era solo un estadio: era una caldera de fe, un volcán de ansiedad a punto de entrar en erupción. América recibía al Deportes Quindío sabiendo que con un triunfo se lograría el tan anhelado ascenso; un empate o una derrota lo dejarían un año más en la segunda división.
Bajo un intenso sol y ante un marco impresionante, envuelto en una niebla escarlata de humo denso, el balón echó a rodar a las 3:15 p.m. La esperanza latía con fuerza, pero la defensa del rival impedía cada intento. Al minuto 14, el suspenso se apoderó del lugar: Bryan Angulo sacó un remate de zurda y, cuando los fanáticos tenían el grito en la garganta, el pie del defensor quindiano lo ahogó en el último suspiro.
Sin embargo, esa tarde estaba predestinada. Fue la tarde de Ernesto “Tecla” Farías. Al minuto 20, tras un centro preciso, el argentino durmió el balón con el pecho y definió con la frialdad de pocos ante la salida del arquero. El estallido de júbilo no solo retumbó en cada rincón del Pascual Guerrero, sino que se extendió por todo el Valle del Cauca. Era más que un gol: era el primer paso firme del Diablo rompiendo las cadenas del infierno.
Pero, como si se tratara de una nueva jugada cruel del destino, tras un tiro de esquina, un infortunado autogol de Jonny Mosquera ponía el empate en el marcador. Los jugadores de Quindío celebraban, mientras en el Pascual Guerrero no se escuchaba ni un susurro. El miedo de un año más en la segunda categoría volvía a rondar por los lados del estadio.
No era una tarde apta para cardíacos, y los corazones rojos retumbaron de nuevo cuando Jeison Lucumí fue derribado dentro del área y el juez decretó penal a favor del equipo escarlata. Mientras todos los hinchas celebraban en la tribuna, a la vez los carcomía el temor de fallar. El miedo de que un penal volviera a dictar su sentencia estaba latente, como lo había hecho cinco años atrás, cuando, desde los once pasos y en el mismo escenario, el equipo había descendido ante Patriotas Boyacá.
Sin embargo, ese temor no llegó a la cancha: Cristian Martínez Borja tomó el balón, miró al arquero, suspiró, tomó impulso y lo envió al palo derecho, mientras el guardameta se lanzaba hacia la izquierda. América volvió a tomar la ventaja y el alma regresó al cuerpo de los hinchas americanos, muchos de los cuales sufrían más por lo que pasaba en la cancha que por el intenso calor que se vivía en el Pascual Guerrero.
Con todo el segundo tiempo por delante, estaba la expectativa de que América pudiera sostener la ventaja, pero no sería fácil ante un Quindío al que un gol le bastaba para regresar a la primera categoría. Sin embargo, el camino parecía escrito: con la seguridad de Carlos Bejarano en el arco, la firmeza de la línea defensiva y el mediocampo, y el poder de la delantera, la historia ya no se podía cambiar. Luego de 90 minutos en los que los asistentes vivieron una montaña rusa de emociones —desde la ilusión hasta la incertidumbre, pasando por la esperanza, el sufrimiento y terminando en alegría—, el partido llegó a su fin y se hacía oficial la salida del Diablo del infierno.
Los jugadores de América, liderados por el capitán Camilo Ayala y Hernán Torres, se abrazaban sobre el césped mientras oraban dando gracias por el logro. Los aficionados en la tribuna no eran ajenos a ese sentimiento: abrazos, rezos y llantos. Tanto los hinchas que habían presenciado el descenso como la nueva generación que aprendió a amar al equipo en su peor momento celebraban, sabiendo que, por fin, se había cerrado este capítulo oscuro en la historia dorada de América.
«Hay cosas que uno lleva en la sangre y nunca se van»
– Miguel Angel Lozano.

Hay equipos que se celebran en las victorias, pero también existen hinchas que permanecen cuando todo parece derrumbarse. Este espacio cuenta esas historias que viven más allá del marcador.