Más allá de las luces del espectáculo y el turismo, el Barrio Obrero custodia el secreto más honesto de la cultura salsera. La historia de una comunidad que, entre puntadas de charol, costuras reforzadas y esquinas de salvación, construyó el latido que hace bailar a Cali.
El día en el que La Sucursal del Cielo le preguntó a la salsa en dónde se encontraba su corazón, ella le pidió a los guayacanes que florecieran, al compás que siguiera el ritmo de las claves rebeldes, y a los pasos que retrocedieran sobre las mismas calles que empezaron a escribir la historia amiga donde todo comenzó: El Barrio Obrero. Aquel centro que primero fue refugio, luego hogar, y ahora memoria viva de aquello que recorre las venas de los afortunados que han nacido con el tempo a 45 revoluciones por minuto.
Así, es como un día cualquiera, por ahí a las 11:00 a.m. después del tintico de la merienda, cuando el ambiente empieza a oler a corrientazos y el sol pica en los ojos, cuando la gente empieza a buscar sombrita para repartir los chismes, y otros cuantos se toman un par de cervezas para el calor; cada esquina se transforma en un universo diferente, al son de Héctor Lavoe, el Grupo Niche, Wilson Manyoma, Willy García; los sonidos se confunden, aturden un poco, y se mezclan entre el ruido del tráfico, las risas y los regaños; se convierte en lenguaje universal, en espiritu y en identidad; identidad de aquel pueblo obrero que surgió entre la soledad de una Cali vieja, pequeña y encerrada, tierra de familias ricas y poderosas, como dirían las malas lenguas; que vivían en el centro y poseían haciendas en el resto de la ciudad, de apenas las partes que no eran terrenos baldíos.
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Hasta que todo cambió en 1915, cuando el Ferrocarril del Pacífico por fin conectó a Cali con el puerto de Buenaventura, esa máquina extraña que después fue puente y sinónimo de oportunidades. La estación del tren y el viejo matadero municipal se convirtieron en un imán de empleo, en donde cientos de personas llegaron a la ciudad buscando un futuro lleno de incertidumbre, sin nada que poseer o dónde vivir, siendo víctimas del rechazo de la alcurnia y los lujos, forzados a construir desde el suelo árido, maneras de sobrevivir.
Fue entonces cuando el 20 de junio de 1919, presionados por las primeras huelgas y la necesidad imperiosa de la gente, el Concejo de Cali firmó el Acuerdo 031 de 1919, una orden que urbanizó las Ciénagas de Aguablanca, un terreno inundable, lleno de barro y maleza que la élite de la época consideraba inhabitable, y fue concebida como acto de clemencia y buena voluntad. El municipio trazó las calles rectas, en una cuadrícula perfecta, y empezó a vender los lotes muy baratos a los trabajadores, ese fue el inicio, un terreno inhóspito que no tenía que ver con la salsa, se llamó el “Barrio de los Jornaleros”.
Lo último que faltaba eran ganas, las paredes se empezaron a alzar sin contar con contratistas ni obras públicas; se levantó a pulso, con el sudor en la frente, y las manos callosas. La gente llegaba los domingos, en sus días de descanso, a hacer “mingas” comunitarias para rellenar los charcos con cascajo, levantar paredes de bahareque y techar con paja o zinc, entre los que se encontraron afrodescendientes que venían en el tren desde el Pacífico, trayendo en su memoria los ritmos del tambor y la resiliencia en las venas; también los campesinos e indígenas del norte del Cauca, que huían de los problemas de terratenientes y buscaban el jornal en las textileras; y oleadas de artesanos ecuatorianos que eran maestros de la marroquinería y la sastrería, tratando de mencionar algunos de los miles de migrantes que se encontraban con la tierra pródiga.
“El Barrio Obrero ha sido multiétnico y multicultural, como Cali. Llegaba gente de toda Colombia, venían buscando el progreso que tenía Cali en cuanto a fuerza industrial, es entonces esa mano de obra la que hace que esa pluriculturalidad vaya evolucionando y le brinde al barrio obrero un regalo: la inquietud.”, comentó Claudia Sáenz, directora de la Junta de Acción Comunal del Obrero,
Ellos, que fueron los que vieron el lugar perfecto para vivir porque les brindaba materia prima, cercanía y producción libre para el comercio. El barrio se fundó con vocación de yunque, aguja y cuero; una fuerza imparable que fue tejiendo poco a poco, la solidaridad de aquellos corazones que tenían algo en común: el deseo de encontrar un hogar propio.
Y así como a mitad del siglo XX, un galardón multicolor llegó por las vías del ferroviario, el puerto de Buenaventura era epicentro del comercio exterior y fue testigo de los primeros sonidos que estaban encapsulados en discos de contrabando que venían de Cuba y de Nueva York, la música encontró su hogar en los radios de transistores de las zapaterías y las modisterias y le dió paso a los años cincuenta cuando nació la tradición más hermosa del barrio: “los lunes de zapateo”, tradición que sigue vigente actualmente.
Retazos de cuero, aguja y resistencia en el corazón de Cali
La rumba en Cali no empezó un sábado por la noche en un club fino; empezó un lunes por la mañana en las calles pavimentadas por el discernimiento de aquellos obreros que habitaban el barrio, se convirtió en punto de convergencia, y un respiro que curaba cualquier mal, transformaba las lágrimas en sonrisas, y los dolores en pasos de baile.
Pero ¿qué había detrás del espectáculo que conocemos hoy en día?, pues un sistema multifacético en el que todo aquel quisiera podía encontrar un lugar para pertenecer, fuera del disfrute y la pachanga, en lo poco y en lo exorbitante, manos valientes emprendieron la labor de tejer las piezas que poco a poco se convirtieron en símbolo de la sintonía cultural de la salsa.
El trabajo de los sastres y de los zapateros en el Obrero se volvió entonces un acto de resistencia cultural, en donde eran ellos los encargados de moldear la identidad de una comunidad trabajadora.
“El del disco ‘Las caleñas son como las flores, vestidas van de mil colores’, era Piper Pimienta Díaz, y cuando fue al taller en recomendación para que mi papá le hiciera unas prendas, yo descubrí que era mi oportunidad, ya había visto que la sastrería era lo mío por el ejemplo de mi padre; por eso no desaproveché la oportunidad de hacerle esos pantalones. Los sastres estamos en todo lado.”, compartió Chino Pasú, sastre con 67 años de experiencia.
La salsa es entonces también un modo de vida porque es capaz de sostener la economía, no solo de familias enteras, sino de una industria que es transversal a cualquier escenario en el planeta, más allá la industria de grandes capitales, hay un millón de tesoros solidarios que se heredan de generación en generación, y funcionan como un laboratorio vivo de pasión, sueños y realidades. Más allá del escenario: Una tregua con la vida por cada vez que respirar tenía un precio.
Más allá de un escenario: una tregua con la vida
Es construcción social, es un escudo protector, para el joven de la esquina, para el exbailarín, para el melómano, para el aficionado, para el niño, el viejo, el adolescente, para el privilegiado, y para el que sobrevive. Al final, el esfuerzo detrás de la cultura viva del Obrero es el de un pueblo que se niega a ser invisible, la salsa aquí es totalmente sincera porque nace del cansancio, de las chuzadas, del olor a pegante, del sonido de las cervezas frías; y de la necesidad de inventarse una tregua con la vida después de que esta no les concediera la facilidad de poder respirar sin cobro.
Mientras el resto del mundo se vanagloria del producto en exportación o en el espectáculo de luces, el Barrio Obrero la sigue viviendo como lo que siempre ha sido: el lenguaje manual, rústico y digno de los que decidieron que la alegría también se fabrica a mano.
Ya han pasado más de 100 años, y a pesar de que el tiempo ha hecho de las suyas, y algunos se han escabullido y perdido entre sus laberintos, ha encontrado la manera de crear huequitos, bucles que son amigos de la inmortalidad; algo así como máquinas del tiempo que están recubiertas del mismo polvo con el que surgieron los cimientos de aquel barrio desplazado, aquel hogar entre los escombros que ahora es patrimonio, fuente de orgullo, y pariente directo de esa salsa que es sinónimo de resiliencia, y que tiene el corazón pintado por el son de la vida; en honor a una sucursal que está más allá del cielo, está en las manos de todo aquel que le recorre sangre obrera por las venas.
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