El aire de la mañana en Cali, siempre cálido y húmedo, se tornó de repente denso, pesado. La ciudad, que despertaba a su ritmo habitual el 21 de agosto de 2025, no pudo prever el horror que se desataría en cuestión de minutos. La Base Aérea, el corazón de la defensa aérea en el suroeste de Colombia, fue escenario de uno de los atentados más devastadores en la historia reciente del país.
Era poco después de las 8:00 a.m. cuando una serie de explosiones estremecieron el aire. El sonido penetró en las calles cercanas, y los residentes se sobresaltaron al ver nubes de humo negro elevándose hacia el cielo. Aquellos que se encontraban cerca de la base aérea en el momento del ataque relataron cómo el impacto fue tan fuerte que el suelo tembló, como si la tierra misma hubiera cedido ante la violencia.
Los primeros informes hablaban de una serie de explosiones simultáneas en diferentes puntos de la base. La noticia no tardó en ser confirmada: había sido un atentado, y las imágenes que pronto inundaron las redes sociales mostraban escenas de caos absoluto: vehículos incendiados, columnas de humo, militares y civiles heridos, y una sensación palpable de pánico que se extendía rápidamente por la ciudad.
La respuesta de las autoridades fue inmediata. En cuestión de minutos, efectivos de la Policía Nacional, el Ejército y las unidades especiales comenzaron a llegar al lugar del ataque. La zona fue rápidamente acordonada, y el tráfico en las cercanías fue detenido mientras los equipos de rescate se movilizaban para atender a los heridos. La información oficial comenzaba a llegar de a poco, y aunque los primeros reportes no eran claros, la magnitud del atentado ya era evidente.
El presidente, quien se encontraba en Bogotá en ese momento, dio un mensaje a la nación en el que condenó enérgicamente el ataque y aseguró que se tomarían todas las medidas necesarias para identificar a los responsables. En su discurso, mencionó que Colombia no cedería ante la violencia y que la lucha contra el terrorismo seguiría siendo una prioridad en la agenda nacional.
Las imágenes de los heridos, muchos de ellos militares, comenzaron a dominar las primeras planas de los periódicos y los noticieros. Algunos reportes indicaban que al menos 30 personas habían resultado heridas, y las autoridades no descartaban que el número de víctimas aumentara a medida que avanzara la jornada. La tragedia dejó en shock no solo a la comunidad caleña, sino a todo el país, que se encontraba aún en estado de alerta por otros ataques de similar naturaleza ocurridos en diferentes partes del territorio nacional en los últimos meses.
El atentado del 21 de agosto de 2025 no solo marcó a la ciudad de Cali, sino que dejó una cicatriz en el alma del país. La guerra contra el terrorismo y las organizaciones armadas continúa siendo una de las principales preocupaciones del gobierno, que ahora enfrenta un desafío aún mayor: mantener la seguridad y la paz en un territorio que sigue siendo blanco de ataques cada vez más devastadores.
Mientras tanto, en las calles de Cali, la gente trataba de entender lo que había sucedido. La sensación de vulnerabilidad se sentía en cada rincón, pero también una determinación a no dejarse vencer por la violencia. La ciudad, siempre resiliente, comenzaba a sanar sus heridas. Y mientras el sol se ponía esa noche, el recuerdo de aquel terrible ataque quedaba grabado en la memoria colectiva, como un recordatorio de que la paz es una conquista que siempre estará en juego.
El 21 de agosto de 2025, una explosión frente a la Base Aérea Marco Fidel Suárez sacudió a Cali y al país entero. Entre el caos y la desinformación, las verdaderas víctimas quedaron en silencio.
“Las voces detrás del estruendo” reconstruye ese día desde quienes lo vivieron, mostrando el dolor, la pérdida y la memoria de una ciudad que intenta sanar más allá de los titulares.
Voces tras el atentado
Lo que se vivió en la base aérea



